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Red Lights es uno de los grupos con los que el Instituto de la Juventud obsequió este año a Folk Segovia. Y, efectivamente, son muy jóvenes, tanto que se les nota que lo son, lo cual no es malo, ni mucho menos. Por ello, les sobran frescura y ganas, pero también timidez. Les falta soltarse un poquito para que el hecho de cantar en inglés no sea un impedimento para su comunicación con el público.
En Red Lights destaca sobre todo Marta Brandariz, voz, guitarra acústica, armónica y compositora de todos los temas del grupo. Magnífico el tema “Boy with harsh look”, que cantó ella sola, con el único acompañamiento de su guitarra, como propina al final del concierto.
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Todavía con muchas caras largas por el disgusto que provocó la noticia de la capitalidad cultural, el Mester apareció en el escenario del Azoguejo, con Acueducto a sus espaldas y media Segovia al frente y en los laterales. Miles de segovianos (en esto coinciden organizadores, policía local y medios de comunicación) se contagiaron del entusiasmo mesteril y, al grito de “Segovia sin fecha de caducidad”, regalaron casi dos horas de concierto, rematado, como no podía ser de otra forma, por “La chica segoviana”, cantada más por el público que por el grupo.
El Mester siempre tiene que dar un paso adelante en sus conciertos anuales en Segovia, bien por San Pedro, bien por San Frutos. En esta ocasión, la sorpresa fue una versión antológica del “Canto del ofertorio”, del maestro Agapito Marazuela, con la voz fantástica de Llanos, el respaldo instrumental de todos los componentes del grupo, apoyados por los músicos que les acompañan habitualmente y la colaboración impagable de los dulzaineros Pablo Zamarrón, Carlos de Miguel y Jesús Costa. Fue un momento imborrable al que luego siguieron otros como cuando Llanos y Luis se enfundaron sendas camisetas de la Gimnástica y del Caja para rendirles homenaje por los éxitos deportivos logrados esta temporada.
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Todavía con muchas caras largas por el disgusto que provocó la noticia de la capitalidad cultural, el Mester apareció en el escenario del Azoguejo, con Acueducto a sus espaldas y media Segovia al frente y en los laterales. Miles de segovianos (en esto coinciden organizadores, policía local y medios de comunicación) se contagiaron del entusiasmo mesteril y, al grito de “Segovia sin fecha de caducidad”, regalaron casi dos horas de concierto, rematado, como no podía ser de otra forma, por “La chica segoviana”, cantada más por el público que por el grupo.
El Mester siempre tiene que dar un paso adelante en sus conciertos anuales en Segovia, bien por San Pedro, bien por San Frutos. En esta ocasión, la sorpresa fue una versión antológica del “Canto del ofertorio”, del maestro Agapito Marazuela, con la voz fantástica de Llanos, el respaldo instrumental de todos los componentes del grupo, apoyados por los músicos que les acompañan habitualmente y la colaboración impagable de los dulzaineros Pablo Zamarrón, Carlos de Miguel y Jesús Costa. Fue un momento imborrable al que luego siguieron otros como cuando Llanos y Luis se enfundaron sendas camisetas de la Gimnástica y del Caja para rendirles homenaje por los éxitos deportivos logrados esta temporada.
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El día 29 de junio era el día grande de las fiestas de Segovia. El festival no podía quedar ajeno a tal celebración y, por ello, en colaboración con el Ayuntamiento, programó un día especial, que comenzó con el desfile de dos formaciones que hicieron el tradicional pasacalles en la zona que va desde el Azoguejo hasta la Plaza Mayor.
La Banda de Gaitas Castro Bergidum desfiló mediante la tradicional formación de este tipo de agrupaciones. La Escuela de Tamborileros José Manuel de Bustos lo hizo más por libre, con algún que otro chato por el camino.
Pero unos y otros acabaron mezclados con los Tirotateiros, con los Gigantones que acompañaban a los Silveiros, con la Tajada de San Andrés y con los músicos callejeros que estos días inundan Segovia. Y ya arriba, en la plaza, un concierto de la Banda de Música La Unión Musical en todo lo alto del quiosco, remataba una mañana de San Pedro llena de marcha.
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Fotos: Jesús Pozo
El fin de semana pasado ha sido de muchísima intensidad folki. Y alguno de los participantes ha sido especialmente feliz. Uno de modo muy especial, porque ha convivido con algunos de sus ídolos. El chaval, desde pequeñito, le daba a la plumilla y hacía monigotes, siempre a la vera de su querido y admirado amigo Pepe Orcajo, especialmente cuando ambos estudiaban, ejem, en Madrid y vivían en la misma pensión de la calle Goya. Después se trasladó a la afamada pensión del Rastro llamada Luisa Milton, por el nombre de la dueña, y seguía pintando monas. Y le empezó a gustar y a intrigar la Historia y la Filosofía, y se hizo casi docto en ambas materias. Cuando ya éramos mesteres, nos fuimos a un ático de Alberto Aguilera, donde empecé a conocer de qué pie cojeaba. Recortaba los chistes de Forges del diario Informaciones, y de Cambio 16 se sorbía hasta la tinta. Un día empezó a hablarnos con pasión de una tal Nieves Concostrina. Ningún otro mester conocía a la dama, pero la insistencia de nuestro líder (porque hago confesión pública de que Paco es quien nos orienta y pone firmes), nos llevó a interesarnos por la moza. Y mira tú por dónde, también nos cautivó al resto, y el contagio por ese binomio me lleva todos los días a comprar El País, para el chiste, poner R5 tempranito, para la recoña, y el fin de semana para escucharles juntitos en el programa de Pepa. Así que el pasado sábado, cuando estábamos cenando, Paco no se pudo reprimir y solicitó de tan afamados y alocados dicharacheros la inmortalización del momento en una foto que, prometió, pondrá en el frontispicio de su lecho de Yanguas de Eresma (núcleo principal de la Costa del Cardo) … si se lo permite La Chata (ya sabéis: la que manda). Y Paco está Feliz. Fenomenal.
Publicado en El Adelantado el 29/06/2010









